LA CRUZ DEL PERDÓN
«Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Lucas 23:34
Solamente es posible conoce el perdón y abrazarlo cuando ha habido una ofensa, un daño o un error. Y únicamente aquel que decide perdonar puede salir libre de las cadenas de la ofensa que oprimen el alma.
Era un 18 de diciembre de 2003, y un pequeño juzgado de los Estados Unidos estaba repleto de personas. En ese día predominaba el llanto y el dolor que se convertía en un fuerte odio y rechazo. Eran los familiares de las víctimas asesinadas por Gary Ridgway, conocido como el asesino de Green Rivers. Llegó a asesinar a más de 48 mujeres convirtiéndose así, en el mayor asesino en serie de la historia de los Estados Unidos.
Los familiares de las víctimas, desconsolados, arremetieron toda clase de calumnias, deseos de muerte y de venganza contra el acusado a cadena perpetua. Mientras que, ante tales amenazas, el asesino Gary Ridgway no mostraba ni un ápice de compasión. Su mirada fría, solo reflejaba indiferencia y despreocupación frente a los familiares de las víctimas. Pero no fue así, cuando apareció en escena el padre de Linda Rule. Un hombre que, de forma serena, se acercó al micrófono y miró a los ojos de Ridgway con una mirada que para nada reflejaba venganza, sino todo lo contrario. El Señor Rule expresó: “Señor Ridgway, aquí hay gente que le odia, yo no soy uno de ellos. Es cierto que ha hecho difícil que pueda estar a la altura de mis creencias, pero esto es lo que Dios me enseña hacer: perdonar.” En ese mismo instante, algo sucedió en el interior de Ridgway que le llevó a taparse el rostro mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
Estoy seguro que las palabras que perseguirían a Gary Ridgway por el resto de su vida, no serían las acusaciones y amenazas de muerte de los familiares enfurecidos. Sino más bien, el acto de compasión del Señor Rule declarando esas palabras tan desafiantes, poderosas y liberadoras: “estás perdonado.”
El perdón nunca deja igual al que lo práctica y tampoco al que lo recibe. A diferencia del rencor, el cual aprisiona la voluntad de la persona, el perdón hace verdaderamente libre al que lo da. Quien da perdón, da vida. Quien perdona, reconoce el valor que hay intrínsecamente en cada ser humano y que, no son nuestros errores aquellos que nos definen, sino la gracia de Dios sobre nosotros. Pero de igual forma, el que recibe perdón recibe gracia. El peso de la culpa se desvanece y la presión de la condenación es cambiada por libertad. Recibir el perdón de alguien es recibir su renuncia propia, su amor, su reconciliación, en definitiva, es recibir su bendición.
Y ahí estaba el Hijo de Dios, la segunda persona de la trinidad, el ser más puro del universo, la perfección encarnada, siendo objeto de burla y escarnio, mientras desnudo y clavado en una cruz miraba desde arriba a aquellos que se burlaban de él y le escupían. Sin embargo, Jesús, quién tenía un ejército de millares esperando a su señal para sacudir el planeta tierra, quién con un chasquido de dedos podía tanto crear como destruir el universo, eleva su cabeza al cielo y mientras los ángeles esperan su orden, se oye desde las entrañas del Hijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.”
Pero Jesús ¿cómo puedes decir que no saben lo que hacen? Se están burlando de ti diciéndote que “si eres el Dios de los judíos, entonces sálvate a ti mismo.” Te acaban de tratar como a un criminal y están siendo injustos contigo. ¿Cómo puedes perdonarlos? Podríamos preguntarnos, pero en realidad Jesús no solamente está intercediendo al Padre por ellos, sino también por nosotros. Jesús desde la cruz da un mensaje de perdón a toda la humanidad la cual se encuentra perdida y sumergida en sus pecados. Hoy sus palabras se hacen vivas en nuestros corazones diciendo: “aunque hayas pecado, te hayas equivocado y seas culpable, yo Jesús te perdono.”
Es ese perdón de nuestro buen Jesús el que nos libera de la culpa y de un destino sin él. Pero además ese perdón también nos lleva a darlo, y junto con el Señor Rule, mirar a los ojos de nuestros ofensores y decirles: “te perdono.” Por ello, la cruz del perdón es abrazar nuestra renuncia al orgullo y la razón. La cruz del perdón parecerá pesada, pero en realidad su carga es ligera. La cruz del perdón es la llave a nuestra verdadera libertad.
ORACIÓN
Gracias Jesús, porque no me has tratado conforme a mis innumerables pecados, sino según la riqueza de tu gracia. Enséñame a recibir tu perdón y también a entregarlo. Que mis ofensores sean receptores de la gracia, la vida y la libertad de mi perdón hacia ellos.
- PREGUNTAS A REFLEXIONAR
(Leer Lucas 23:26-39)
- – ¿Estás convencido del perdón de Dios hacia tu vida?
- – ¿Deberías acercarte a alguien hoy, tomar tu cruz y perdonarle?
- – ¿Qué son aquellas cosas que te están impidiendo perdonar?
- – ¿Qué aprendes de la actitud de Jesús frente a la del pueblo, los soldados y el malhechor colgado?

