ASESINO DE PROMESAS
“Toma a tu hijo, el único que tienes y al que tanto amas y ofrécelo como holocausto». Génesis 22:2
Una llamada de según qué tipo, puede dar un vuelco por completo a la vida de una persona en cuestión de segundos: «es metástasis, lo sentimos»; «estás despedido»; «el niño no sobrevivió, es un aborto espontáneo». En esos momentos el pecho se contrae y la respiración se congela, pero sobre todo lo que deseas es que no sea verdad. En milésimas de segundos anhelas con todas tus fuerzas que esa llamada sea una broma de mal gusto o un sueño terrible del que vas a despertar. Pero vuelves a la realidad, y ves delante de tus ojos un camino árido y oscuro frente a ti, que sabes que debes afrontarlo con aceptación y determinación ya que, no hay vuelta atrás. Me imagino así a Abraham. Recibiendo una llamada directamente del cielo que le deja paralizado por milésimas de segundos, esperando al mismo tiempo, una alternativa a las palabras de Dios. Pero no, no recibe otra directriz distinta. Abraham debe asesinar su promesa.
Sólo es posible entender la gravedad y dificultad de la situación conociendo el trasfondo de Abraham y su proceso. Este hombre procedente de Ur de los Caldeos, había sido llamado por Dios a dejar toda su tierra y extenderse a una tierra en la que Dios le prometía que fructificaría y crecería más que las estrellan del universo y la tierra del mar. Pero por si fuera poco, de su simiente nacería el Mesías que salvaría al mundo. Era una promesa sublime, escalofriante y emocionante. Pero había un grave problema, Abraham y Sara no tenían hijos. Su mujer era estéril y la edad de los dos iba corriendo en su contra.
Entonces es cuando Dios entra en escena de nuevo y le dice a Abraham (Padre de multitudes): «Es Sara, tu esposa, la que te dará un hijo, al que llamarás Isaac. Yo estableceré mi pacto con él y sus descendientes, como pacto perpetuo» (Génesis 17:19). Dios le promete a Abraham fructificar en una tierra donde fluye leche miel y, multiplicarse con una descendencia poderosa de la cual nacerá un hijo llamado Isaac. Sin embargo, pasan los años y Abraham, el padre de multitudes, sigue sin tener herencia con Sara. La edad va avanzando y las fuerzas menguando, pero no ve un atisbo del cumplimiento de la promesa de Dios. Hasta que Génesis 21:1-2 nos dice: «Tal como el Señor lo había dicho, se ocupó de Sara y cumplió con la promesa que le había hecho. Sara quedó embarazada y le dio un hijo a Abraham en su vejez. Esto sucedió en el tiempo anunciado por Dios». Este texto nos recuerda, que Dios nunca falta a sus promesas. No existe en él un ápice de mentira o de retraso en el cumplimiento de sus palabras. Sino que, «en el tiempo anunciado por Dios» se cumple lo escrito con el puño del cielo. No hay nada en lo alto del cielo o en lo profundo del abismo que pueda llegar a entorpecer las promesas de Dios sobre nosotros. En ocasiones el tiempo se alarga, nuestra fe es probada y nuestra esperanza es desafiada. Pero Dios cumple siempre sus promesas.
Ahora bien, ¿cómo puede decirle Dios a Abraham que sacrifique su promesa? Aquella por la que tanto había esperado y deseado. Isaac era el epicentro de todas las demás promesas. Si Isaac moría no habría descendencia, tampoco simiente para el Mesías. Renunciar a Isaac era asesinar sus promesas. Era arruinar un hogar en el cual había alegría y color. Sin embargo, lo que me impresiona de Abraham, es que de forma determinante se levanta muy de mañana y se dirige a ofrecer a Isaac en holocausto. Abraham nos enseña dos cosas cuando recibimos un llamado incomprensible e incómodo de parte de Dios. En primer lugar, la importancia de la obediencia. Abraham no cuestiona a Dios, sino que actúa por encima de su razón. En segundo lugar, obedece porque tiene fe. Fe en un Dios que por encima de todo es bueno y sabe lo que hace. Fe en un Dios que es digno de ser obedecido, y fe en un Dios que, de alguna forma, proveerá. Abraham no sabía cómo, pero tenía fe en que Dios lo iba a hacer y volvería con su hijo después de adorar en el monte (Génesis 22:5). El padre de la fe levanta el mayor sacrificio de adoración, entregando a su hijo a Dios en obediencia y fe. El cordero que aparece en escena en sustitución a Isaac, debe recordarnos y dirigirnos a Cristo. Quién fue enviado por el Padre en obediencia y fe para que el olor fragante de su adoración (sacrificio) desde la cruz pudiese subir al cielo y perdonar nuestros pecados. La adoración siempre conlleva un precio a pagar. Abraham nos lo enseñó, Jesús nos lo demostró ¿y tú? ¿Estás dispuesto a levantar tu propio sacrificio de adoración a Dios hoy?.
ORACIÓN
Padre de luz, haznos escuchar tu voz. Que seamos hallados en el camino de la obediencia y la fe por encima de la incomprensión de tu llamada. Que nuestro sacrificio de adoración en este día suba como olor fragante en honra y gloria a ti, el único Dios verdadero. Amén.
PREGUNTAS A REFLEXIONAR (Leer Génesis 22:1-19)
- ¿Qué sacrificio de adoración Dios te pide que entregues hoy?
- ¿De qué manera forma parte la obediencia y la fe en tu vida en medio de las pruebas?
- ¿Necesitas fortalecer alguna de ellas?
- ¿Por qué era tan relevante que Dios le pidiese a Abraham entregar a Isaac?
- ¿Cuál fue su actitud?¿Qué nos enseña esta historia acerca de Cristo?

