LA MISSIO DEI
“Y les dijo: Vayan por todo el mundo y anuncien las buenas nuevas a toda criatura». Marcos 16:15
Jamás había oído hablar de la «iglesia sin paredes» hasta que me encontré con una de ellas. Era un domingo temprano en la mañana, e iba rumbo a una iglesia a predicar en Tyler, Estado de Texas. Mientras llegaba a la reunión, miraba atentamente por la ventana del coche, junto con mi café en la mano, para no perderme ningún detalle de las calles estadounidenses. Cuando de repente, debajo de un puente gigantesco, vi un gentío de personas agolpadas entre sí. Captaron mi atención, así que seguí observando con curiosidad sin despegar la mirada para saber qué estaba sucediendo. Entonces, vi un grupo de música tocando y gente levantando sus manos y saltando. ¿Un concierto un domingo por la mañana? – Me pregunté extrañado. Cerca había personas que se acercaban a agarrar su propio café y algo de comida para desayunar. En medio de mi intriga y fascinación, la persona que me llevaba a la iglesia me miró y me explicó: «Eso que ves ahí, es la iglesia sin paredes. Se reúnen cada domingo aquí y todos son aceptados». ¿La iglesia sin paredes? Me pregunté. El coche se acercó mucho más y pasamos justo por al lado de ellos. Fue entonces cuando pude distinguir los rostros de las personas. Estaba repleto de homeless y personas necesitadas. Pero había fiesta, alegría y personas que, con una sonrisa en el rostro, estaban sirviendo y ayudando a todos los que llegaban a la iglesia sin paredes.
Jesús se encontraba frente a sus once discípulos que le habían acompañado en la travesía de su ministerio. Ellos habían vivido el poder de Dios de mano de Jesús viendo a los enfermos sanar, los muertos resucitar y los paralíticos saltar. Pero Jesús no iba a estar siempre presente en cuerpo. Su hora había llegado y el Cristo resucitado debía ascender a los cielos para ser glorificado. Sin embargo, sus discípulos tomarían el testigo y correrían la carrera bajo la misión que Dios les encarecería. Fue entonces, en medio de una comida, tal y como nos explica el evangelio de Marcos, que Jesús les dio instrucciones de la gran comisión: deberían ir por todo el mundo, predicando el evangelio, sanando a los enfermos y demostrando el poder de Dios con milagros y prodigios. No habría paredes que contendría la misión de los apóstoles. Mucho menos serían una distracción o un freno para detener la obra de Dios. Los once sabían que eran llamados a las calles de sus ciudades para proclamar la buena noticia de Cristo y manifestar su poder.
La Missio Dei (misión de Dios) no ha cambiado y tampoco ha menguado. Cristo sigue llamando a su iglesia santa y amada, a que salga de la comodidad de las cuatro paredes para extenderse al campo misional. Hasta que en las calles de nuestra ciudad no cese la necesidad, la iglesia debe seguir actuando. Hasta que el evangelio no sea llevado hasta el último callejón de nuestro barrio, la iglesia debe seguir predicando. Por ello, quiero recordarte en este día estimado lector, que Dios te llama a incendiar las calles con el fuego de su Espíritu y a inundarlas con el poder de su amor. No permitas un solo día más, donde tu espiritualidad y fe se engorden en cada reunión, mientras en las calles de alrededor gente muere de anorexia espiritual. Dios te envía a las calles de tu ciudad equipada con el poder de su Espíritu, para que sanes a los enfermos, liberes a los cautivos y prediques la buena nueva de salvación.
Sabes, la misión de Dios, tiene que ver más con estar «esparcidos» que «reunidos». Permíteme explicarme. Cuando nos reunimos en comunidad un domingo por la mañana, todos disfrutamos de un glorioso servicio donde adoramos juntos a Dios. Sin embargo, la influencia de la iglesia en ese momento siendo luz y sal, se queda limitada bajo cuatro paredes y un lugar geográfico específico. Además, se reduce a unas horas solamente. Sin embargo, la iglesia ha sido llamada a iluminar donde hay oscuridad y actuar donde hay necesidad. Entender y vivir la Missio Dei nos encamina como iglesia, a usar la autoridad de Dios en nuestras áreas de influencia: escuela, supermercado, trabajo, transporte público, etc. Cuando la iglesia se encuentra esparcida en las demás horas de la semana, es ahí donde tiene la oportunidad de manifestar el poder de Dios de una forma sobrenatural. Estando con un amigo de ministerio tomando un café en una cafetería, le pregunté sobre la nueva iglesia que estaban fundando en la ciudad: «Mi misión es el mercado» – Me respondió. «Ahí hablo con la gente y le presento a Jesús». Intrigado le pregunté acerca de sus servicios: «¿ya tenéis algún local? ¿Dónde os estáis reuniendo?» – le pregunté. Al escuchar la pregunta, sonrió y me dijo: «Hace dos días fuimos a un parque y ahí mismo hicimos nuestra clase teológica. Mientras estaba compartiendo el estudio, un hombre cojo y con muletas se acercó a nosotros. De forma automática nos acercamos a él y comenzamos a orar. De repente, ese hombre soltó las muletas y se fue caminando a casa». Ver el fruto y el poder de Dios manifestado por medio del ministerio de mi amigo, me recuerda algo que no debemos olvidar en la Missio Dei: fe. Es tiempo que volvamos a creer en el poder milagroso de Dios y, con valentía proyectarnos a las «multitudes dispersas» y así acercarles el reino de Dios. Un reino donde el poder de las tinieblas es disipado al toparse con la gracia y el perdón divino.
ORACIÓN
Señor, tú eres el Dios de la misión a la cual nos envías, por eso, haz como tú quieras. Que nuestras cuatro paredes adornadas nunca sean un escondite donde salvaguardemos nuestra fe. Espárcenos y llévanos a la necesidad para manifestar tu amor y poder.
PREGUNTAS A REFLEXIONAR (Leer Marcos 16:15-20)
- Según Marcos 16:17 ¿Qué señales acompañarán a los que creen?
- ¿De qué maneras podemos evidenciar el poder de Dios en nuestro día a día?
- ¿Vives como una iglesia «reunida» o entiendes el concepto de «iglesia esparcida» y te entregas a la causa de la misión?
- ¿Qué debe cambiar en ti y en tu comunidad para llevarlo a cabo?

