TOMA TU CRUZ Y SÍGUEME – DÍA 4

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LA CRUZ DEL ABANDONO

“Dios mío, Dios mío ¿Por qué me has abandonado?» Mateo 27:46

Me gustaría contarte una anécdota graciosa, pero al mismo tiempo profunda sobre mi vida personal. Soy hijo de padres cristianos y desde pequeño he sido educado bajo los pilares de la doctrina cristiana. Creo que aprendí antes la historia de David y Goliat que a sumar y multiplicar. Además, me encantaba la vida de iglesia y era donde más tiempo pasaba en mí día a día. Sin embargo, no me llevaba muy bien con una doctrina que a veces enseñaban y curiosamente se me quedaba grabada durante todo el resto de la semana, y esta era, la doctrina del rapto. Sí, ya te puedes imaginar. Fueron demasiadas las veces que entré en pánico porque pensaba que Jesús había raptado a toda la iglesia, menos a mí. Porque si alguna vez picaba al timbre de casa y nadie abría no me imaginaba que habían salido un momento a hacer la compra, sino más bien que me había quedado ¡en la gran tribulación y solo! Si alguna vez se demoraban para recogerme a la escuela donde estudiaba música, los minutos se me hacían eternos porque en mi razonamiento solo había una explicación…

¡Menos mal que esa etapa ya la superé! Puedes estar pensando «muy mal te comportarías Josué para pensar siempre en eso». Pero en realidad, esa no es la explicación correcta. Mi temor y angustia era real por el sentimiento de un abandono inmediato. Sin embargo, cuando crecí y me topé con Romanos 8:15 fue tan revelador para mi vida que cambió ese sentimiento de abandono en el rapto: «Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: ¡Abba! ¡Padre!» El espíritu de temor que estaba anclado al abandono desapareció cuando pude entender esta declaración de Romanos y hacerla mía. Pero sabes, para que tú y yo podamos tener la convicción y la paz de saber que Dios nos ha adoptado como sus hijos y no nos ha dejado huérfanos, alguien tuvo que pagar el precio del abandono. Alguien tuvo que cargar con la cruz del abandono de Dios.

Y precisamente, ese grito desgarrador de Jesús desde lo alto de un monte, no es debido al dolor de los clavos ni de los azotes. Ese grito donde el alma de Jesús está completamente desgarrada, es porque ha palpado por primera vez el abandono de su Padre. ¿Puedes detenerte a pensar por un momento en esto? Jesús, el Hijo de Dios, desde la eternidad ha tenido una relación íntima y trinitaria entre, Dios Padre y Dios Espíritu. Nunca esa relación ha sido estorbada por nada, porque en ellos existe una unidad perfecta. Además, en los evangelios queda evidencia de cómo Jesús de forma constante hace énfasis en que el Padre y él son uno, y que él viene y pertenece al Padre. Por lo tanto, hay una relación divina, pero también filial de Padre e Hijo. Pero algo sucede en un momento dado estando Jesús en la cruz que le lleva a gritar en su angustia: «¡Elí, Elí, ¿lama sabactani?» Jesús grita desde su abandono a Dios.

Jesús se está desangrando en la cruz porque está ocupando nuestro lugar. Él es el sacrificio perfecto que hará justo a los pecadores y hará accesible el cielo a todos aquellos que estaban destinados al infierno. Él es quién acerca de forma gratuita pero no sin costo la salvación, el perdón y la esperanza. Pero en ese momento, Jesús también es el abandonado de Dios, y por eso levanta ese clamor. Pero sabes, era el único camino para que nosotros hoy digamos «¡Abba, Padre!» El Hijo de Dios tuvo que sufrir con el sentimiento del abandono por el Padre para que tú y yo hoy podamos cantar en alegría «¡Abba, Padre!». El grito de Jesús tuvo que ser de angustia para que el nuestro hoy sea de victoria. Por eso, siempre que te sientas el abandonado de Dios, recuerda a Jesús. Siempre que vivas un desierto donde las oraciones no suban más allá de tu techo, recuerda la oración desgarrada de Jesús. Siempre que estés batallando con tu mente y aún con tus propias emociones, sintiéndote sólo y abandonado, recuerda que Jesús lo sufrió para que hoy tú y yo, podamos decir en fe y convicción: «no he recibido el espíritu que me esclaviza al miedo, sino el Espíritu que me adopta como hijo y me permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!»

ORACIÓN

Eres nuestro Abba, y ni las circunstancias ni tampoco nuestras emociones, podrán demostrar nunca lo contrario. Que tu Espíritu hoy dé testimonio a nuestro espíritu que somos hijos tuyos. Gracias Jesús porque tu grito me da hoy una nueva canción sobre la cual cantar que no me esclaviza el temor, pues ¡soy hijo de Dios!.

PREGUNTAS A REFLEXIONAR

(Leer Mateo 27:45-56)

  1. ¿Has llenado alguna vez tu sentimiento de abandono con algo que no ha sido Jesús?
  2. ¿Qué pasajes bíblicos nos enseñan y hablan acerca de nuestra adopción al Padre?
  3. ¿Eres consciente totalmente que cuando oras te estás dirigiendo a tu Padre celestial?
  4. ¿Estás dependiendo completamente de Dios, o tus inseguridades te llevan a poner tu dependencia y confianza en otras cosas?
  5. ¿Qué significado tiene que tras el abandono de Jesús y su muerte, Mateo especifica que el velo del templo se rasgó?

Reflexiona en ello.