TOMA TU CRUZ Y SÍGUEME – DÍA 6

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RIQUEZAS QUE EMPOBRECEN

“Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» Marcos 10:17

Esta pregunta del joven rico a Jesús siempre me ha dejado reflexivo y me deriva una y otra vez a momentos puntuales de mi vida. Como expliqué en uno de los capítulos anteriores, nací en una familia cristiana, que además trabajaba a tiempo completo en el ministerio de la iglesia. Eso me llevó a estar siempre muy involucrado con mi iglesia local. Alrededor de los 13 años comencé a ser parte del grupo de alabanza y a los 18 dio inicio mi ministerio como predicador. Siempre estuve involucrado porque amaba la iglesia local, disfrutaba lo que hacía y además, quería servir a Dios como mis padres lo hacían. Sin embargo, no todo fue tan bonito durante el proceso de mi adolescencia, y de ahí proviene mi reflexión y empatía con la pregunta hecha a Jesús.

Al igual que el joven rico, durante mucho tiempo traté de ganarme el cielo y el favor de Dios por medio de mi servicio. Y sabes la realidad era que, amaba a las personas pero realmente no sabía cómo amar a Dios. Por eso, también trataba a Jesús como un maestro bueno, que me enseñaba, me dirigía, me cuidaba, pero no lo conocía como un salvador que me rescataba de mis pecados más profundos. Me esforzaba por preparar lo mejor posible las canciones para el domingo, dirigía al grupo con pasión y excelencia. Trataba de no fallar a ninguna reunión y cada vez que hacía falta colocar las sillas en la iglesia, ahí estaba para dejarlas perfectas. Quería que todo saliese perfecto en cada reunión y deseaba ver cómo cada persona era abrazada por la presencia de Dios y su respuesta eran cánticos y expresiones de clamor, pasión y adoración. Pero como te he dicho, era hacer, hacer, hacer y hacer, hasta el punto que me olvidé que lo más importante era permanecer. Permanecer arraigado en Cristo, permanecer cultivando una relación íntima bajo su hermosa presencia, permanecer en su voluntad.

El joven rico había guardado todos los mandamientos desde que era joven, pero seguía sintiéndose perdido. Pensó que podía comprar el descanso, o acaso llegar a tocar el cielo con su bondad. Pero desesperado corre a Jesús, porque ya el peso de la religiosidad le está ahogando, e hincando su rodilla, le dice a Jesús: «¿Qué puedo hacer para heredar la vida eterna?» Si, conocía la ley, los mandamientos, lo que era correcto hacer, pero se sentía agobiado. Así estaba yo. Cansado, frustrado, agobiado y desesperado. Porque el peso de la religión solo te manda «hacer» haciéndote olvidar la importancia de «permanecer». Sólo fue en el momento de máxima desesperación en mi vida, donde había caído en el más profundo y oscuro pozo, donde además ya no sabía cómo salir de ahí, cuando Jesús se reveló y lo pude ver como nunca lo había visto antes.

El velo de la religiosidad se disipó y pude ver cara a cara el perdón de Jesús. Entendí que más que mi maestro, era mi salvador, que más que mi guía moral era mi libertador, que aún más que mi coach espiritual, era el que sanaba mi alma. Ahí se cumplió la palabra de Lucas 7:47 de forma literal en mi vida, ya que a quien mucho se le perdona, mucho ama. Desde entonces, mi servicio a Dios es simplemente la consecuencia de mi amor a él, pues conozco quién es Jesús para mí. ¿Te encuentras asfixiado porque has tratado solamente de hacer y hacer porque es lo correcto? ¿Sientes que lo único que te lleva en tu cristianismo y servicio a Dios es la inercia del pasado? ¿Ha menguado la pasión? ¿Sientes cómo cada vez te vas deteriorando más y más en tu espiritualidad? Hay una invitación de parte de Jesús a tu vida para que pueda cambiar para siempre: «Vende todo lo que tienes, y sígueme». Renuncia a esas posesiones que están consumiendo tu tiempo. Vende todo lo que te está impidiendo acercarte a Jesús.

Sabes, durante 5 meses entregué mi ministerio. Me fui a la cámara secreta de su presencia, renunciando a la inercia y a la religiosidad. Viviendo en el anonimato donde solo quería ser conocido por Jesús. Y ahí todo cambió. Jesús fue quién me puso en el lugar que él quería, me dio una nueva unción, me llenó de pasión, de vitalidad, de alegría. Porque al fin de cuentas la vida eterna es conocer a Jesús (Juan. 17:3), y lo único que deseo es conocerle y ser conocido por él. El joven rico se privó de renunciar a sus posesiones para seguir a Jesús. De esta manera, se marchó sin renunciar a sus riquezas, pero con su mismo vacío y su misma pregunta sin resolver: «¿qué haré para alcanzar el cielo?»

La respuesta es sencilla: sigue a Jesús. La acción conlleva un gran precio: vende todo lo que tienes. Hoy es un nuevo día, y su presencia puede abrazarte de nuevo, su gracia puede volver a reposar sobre ti cambiando la angustia por paz, el peso del «hacer» por la bendición de «permanecer», y el dolor por una sanidad completa sobre ti. Ven a sus pies, acércate sediento a él, y deja que su presencia invada cada rincón de tu alma.

ORACIÓN

En este día entiendo que mis propias riquezas pueden llevar a mi mayor pobreza espiritual. Por eso Jesús, sean hoy las riquezas de tu presencia y tu amor la que saturen mi vida por completo.

PREGUNTAS A REFLEXIONAR

(Leer Marcos 10:17-22)

  1. ¿Está siendo mi religiosidad un impedimento para acercarme a Jesús y disfrutarle?
  2. ¿Encuentro alguna relación entre la vida del joven rico y la mía?
  3. ¿Qué visión tengo acerca de Jesús y cómo se revela a mi vida?
  4. ¿Qué nos dice el versículo 29 respecto de aquellos que renuncian así mismos por seguir a Jesús?
  5. ¿Qué promesa hay para ellos?